sábado, 30 de septiembre de 2017

OVEJAS Y SEPARATISTAS

    He vuelto al Alto Pirineo. Lejos del mundanal ruido he podido distanciarme un poco del inmisericorde bombardeo al que nos tienen sometidos los medios con motivo de la insurrección de los separatistas catalanes. El bombardeo está haciendo mella en las mentes del resto de los españoles, que ven como avanza la campaña de propaganda secesionista, con la connivencia de muchos medios de comunicación, que parecen disfrutar manteniéndose como observadores de una pelea -en la que nos jugamos mucho- sin tomar una diáfana posición al lado de la ley, la única posible para cualquier español. 
    En mis paseos por el valle del Aragón volví a encontrarme con Eusebio, un veterano pastor, que conducía su rebaño de un pasto a otro. Después de las habituales cortesías pude apreciar la demostración de cómo solo el pastor y su pequeña perra "Chispa" podían conducir un rebaño de unas quinientas ovejas. 
    A "Chispa" en mi tierra la clasificarían como un can de palleiro, pero a la vista de la exhibición que nos hizo de sus habilidades, demostró que poseía el doctorado en ciencias y artes caninas. Una sola voz de Eusebio la sentaba y ponía en alerta, y una segunda voz, acompañada de un gesto con el cayado, la ponía en movimiento.
    Recibí los honores del rebaño que desfiló ante mí, pero me llamó la atención el ver, entre aquella abigarrada tropa, dos blancos perros pastores del pirineo que marchaban intercalados entre las ovejas. Al preguntarle a Eusebio la razón por la que no ayudaban en la conducción del rebaño, me contestó: "es que se creen que son ovejas, pues nacieron entre el rebaño, pero son buenos vigilantes, sobre todo cuando acechan los buitres". 
  Pensé para mis adentros que en España tenemos a muchos ciudadanos que se creen que son ovejas y se dejan llevar de un lado a otro sin rechistar, sin darse cuenta que son superiores a los que le ladran las consignas, que aceptan sin la menor crítica. 
    Si no se reacciona con dignidad ante los buitres que nos acechan nos convertiremos en un pueblo de ovejas, olvidando la esencia de nuestro genio y carácter. El respeto a la ley, la paz y la tranquilidad social son valores que sin dignidad no valen nada, y en su defensa se requiere el uso de todos los medios que tiene el Estado a su disposición, incluyendo el legítimo empleo de la fuerza, si preciso fuera.

jueves, 31 de agosto de 2017

RECUERDOS DE UN GUARDIAMARINA. POR TIERRA Y POR MAR XIII

    

  
    Regresar a la Escuela Naval como Guardiamarina de Primero es algo especial, pues se llega con la ilusión de recibir los primeros sueldos, los que dan la independencia económica. La vida en la Escuela no iba a cambiar mucho, aunque con la experiencia de un par de años en aquella casa, trataríamos de sacarle todo el partido posible al severo régimen de internado. Exteriormente la veteranía se manifestaba en la forma de llevar el “lepanto”: algo caído hacia delante, y con la ropa más corta y estrecha, en especial cuando se vestían las marineras blancas con la tela corta en los mangas y en la longitud de los pantalones, con la caña de las zancas casi al aire ¡unos veteranos! 
   Ese año llegó mi hermano, que había obtenido plaza en la Promoción de Cuerpo General. El día que volví de mis vacaciones de verano me lo encontré vestido de uniforme de marinero blanco siguiendo la tradición de la Armada: de plantón en los arcos del Casino de Alumnos; como decía: siempre había sido así…
    Las salidas al campo continuaban proporcionándome las mayores satisfacciones: marchas, ejercicios tácticos y sobre todo el tiro con los procedimientos norteamericanos; aquellas prácticas te hacían sentir soldado. Las funciones de observador llevando los efectos del fuego a donde quisieras, ser parte importante de un equipo, la preparación de las comunicaciones; en fin: el oficio.
    En un día de primavera estando de prácticas de campo, después de los ejercicios de mañana, nos llevaron a descansar a Bueu. Esta villa era la cuna y el lugar preferido de descanso de nuestro Coadjutor, y en donde solía conducir a los profesores a comer a algún restaurante conocido suyo. Mientras tanto nosotros deambulábamos por el pueblo para matar el gusanillo con alguno de los bocadillos o alguna pieza de fruta que nos daban de viático.
    Aquel día además del gusanillo “matábamos moscas con el rabo”, de manera que en nuestro deambular, otro compañero y yo, nos topamos con el Jeep de nuestro Coadjutor aparcado en la puerta de un restaurante. Deslumbrados por la belleza del descapotado vehículo decidimos emular a “Patton” en Normandía y llevárnoslo a dar una vuelta por el pueblo, estimando que nos daría tiempo a devolverlo a su sitio antes de que acabaran de comer los profesores. Cuando calculamos que ya deberíamos volver para dejar el Jeep en su sitio y embocamos la calle del restaurante, se nos desveló instantáneamente lo equivocado de nuestra “estimación de la situación y de las posibilidades del enemigo” al comprobar, como Helmut von Moltke a lo largo de sus campañas, que el enemigo había escogido una posibilidad que no habíamos estudiado, pues nos topamos en la puerta del restaurante con el cuerpo principal del enemigo, con todo su potencial, como el General prusiano Albensleben en Mars la Tour. Allí estaban todos los profesores, mílites gloriosos, teresianas armadas, artillería a la cadera, miradas de abiertas cachicuernas de Hellín, formados en línea en la acera, a modo de Guardia Militar, para rendirnos honores, con el Coadjutor a la cabeza.
   Al descender del Jeep saludamos militarmente a nuestro Comandante -como prevenían las ordenanzas- quien en vez de responder al saludo llevando la mano a la gorra, escogió para la ocasión los superiores honores de Jefe de Estado, al hacerlo a la voz y al cañón, disparando una escala de interjecciones en tono, intensidad y timbre crecientes que incluían, entre otras lindezas: ¡mamarrachos!...¡majaderos! y lo que es peor aún, la más temible maldición que podía salir de la boca de un excombatiente de Franco en la Guerra Civil:…¡milicianos! Aquello no auguraba nada bueno, e inmediatamente supimos que acabábamos de cruzar el Rubicón de las medidas disciplinarias. Total, que tuvimos un justo arresto al quedarnos sin vacaciones de Semana Santa y de paso aprender una lección de táctica: “La aparición inopinada del enemigo en un flanco produce la sorpresa táctica”... ¡y qué sorpresa! 
   Las asignaturas del tercer año incluían la Táctica General con el empleo de las Armas y Servicios, y un complemento que se llamaba “Empleo táctico de las armas atómicas”…sorprendente ¿no? Pues sí, para nuestra perplejidad, en aquella asignatura estudiábamos como protegernos de las armas que nos lanzara el enemigo; de manera que estimando el “deseado tierra cero” -DTC- debíamos determinar la protección que se debía dar a nuestras tropas. Afortunadamente en mi carrera militar nunca tendría ocasión de aplicar esa disciplina. 
    La Armada programaba escalas en Marín para los buques que si dirigían o bajaban de Ferrol y la Escuela aprovechaba para embarcar a sus alumnos e ir conociendo nuestras unidades. Una de las escalas la constituyó una Agrupación de la Flota que encabezaba el Portahelicópteros “Dédalo” (ex USS "Cabot") en el que tuvimos ocasión de embarcar y ver operar en su cubierta a los helicópteros del Arma Aérea. El barco se veía que era bastante viejo y no impresionaba su estado de conservación, pues ya había conocido mejores tiempos, en especial durante la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, en la que fue seriamente dañado por el impacto de un “Kamikaze”, pero sabíamos que era un elemento fundamental para reconstruir la capacidad aérea de la Armada, así que viejo y todo, estábamos muy orgullosos de él, pues nos permitía pertenecer al reducido número de marinas que operaban portaaviones. Mi Brigada pagaría con la vida de tres de nuestros compañeros el precio de pertenecer a ese grupo. 
    En las vacaciones nos olvidábamos de nuestras penas escolares y aprovechábamos para disfrutar del ambiente del cambio de década y la llegada de la modernidad a Madrid: los hippies, los mini-pull y las minifaldas, el “Drugstore” de Ramón de la Cruz, los aperitivos en los bares de moda de Serrano, y algunas tardes en las discotecas o de guateque en casa de quien lo organizara. Eran unas vacaciones magníficas en una ciudad llena de vida y de ansias de libertad, de la que ya veíamos sus primeras manifestaciones 
    Ese año se produjo una novedad en la vida de la Escuela, pues se decidió que el viaje en el “Juan Sebastián de Elcano” se trasladaría del cuarto año de carrera al tercero, lo que supondría dividir nuestra Brigada, para que nuestra promoción de Cuerpo General hiciera el viaje con la Brigada anterior, mientras las promociones de Infantería de Marina, Máquinas e Intendencia de la mía lo haríamos al año siguiente. 
    Dentro de las prácticas previstas, el día 31 de Mayo embarcamos en la 51ª Escuadrilla de Fragatas, haciéndolo yo en el “Vulcano” para lo que sería un excelente crucero de fin de curso. Visitamos varios puertos nacionales Algeciras, Málaga, Cádiz, Las Palmas, Cartagena, Mallorca, Toulon y Ceuta. Tuvimos ocasión de disfrutar en los puertos, algunos de ellos ya conocidos, y realizar visitas profesionales.
    De Toulon fueron nuestras mejores experiencias: el descubrimiento de una realidad distinta a la de España en la Francia democrática del General de Gaulle; el contacto con la marina francesa, conociendo sus buques e instalaciones; nuestras excursiones por la Costa Azul y paseos por Saint Tropez: magnífico. A bordo los infantes de marina hacíamos guardias de cubierta en las que ocupábamos el cuarto del Oficial de Guardia en puerto que compartíamos con el Contramaestre de Cargo, prototipo de ferrolano, cuya amena conversación y sus aventuras entretenían mis guardias nocturnas. 
    Al regreso a la Escuela recibimos a nuestros compañeros de Brigada que volvían de su crucero a bordo del “Juan Sebastián de Elcano” y formamos otra vez todos juntos para la preparación del día del Carmen. A nosotros ya nos quedaban solo cuatro meses efectivos en la Escuela, ya que al año siguiente embarcábamos en el "Juan Sebastián de Elcano” y el último año, ya Alféreces, nos íbamos de prácticas al Tercio de Armada: nuestros pesares estaban casi a punto de terminar. 
    
    El cuarto curso comenzó con el regreso a la Escuela en septiembre, esta vez con nuevo Comandante de Brigada, también celoso de la tradición. La alegría llegó con un pagamento en el que cobramos 10.200 pesetas de nuestro primer sueldo de mi nuevo empleo y algunos atrasos, aunque el verdadero sueldo era de 2.274 pesetas, que teníamos que ganarnos con el estudio. 
    Las asignaturas de este curso eran muy interesantes y típicamente militares, además el curso incluía las Prácticas de Campo en las que tomábamos el mando de todos los ejercicios, que incluían los de tiro en Punta Fagilda. La Instrucción Marinera nos daba ya más libertad, de manera que solía salir en Snipe con algún compañero. 
    En diciembre tuvimos el habitual campamento de invierno para el que nos trasladamos a Bayona a bordo del RR20 y a continuación a la zona de ejercicios en Santa María de Oya. Al finalizar el campamento disfrutamos de una salida de francos a La Guardia. En esta localidad disfrutamos de la civilización y de las timbas de cartas, jugando buenas partidas al tute y una cena estupenda en el restaurante "Riveiriña." 

    Acabadas las vacaciones, el tren expreso de Cádiz nos llevó desde Madrid a embarcar en el que sería nuestra casa en los siguientes seis meses: el Buque Escuela de Guardiasmarinas “Juan Sebastián de Elcano”. Desde la estación se veían esperándonos sus cuatro palos, que acabaríamos conociendo tan bien como el de la Escuela. 
    La salida a la mar en Cádiz en un día de Enero no puede ser sin un buen poniente y su consiguiente marejada, así que en seguida vimos dar el aparejo a la dotación e inconscientemente buscamos nuestro sitio en la maniobra. Esa misma tarde, sin la costa a la vista, formamos para empezar las prácticas de maniobra, y siguiendo mi "mala" costumbre de formar a la cola de las formaciones, me vi escogido para el grupo de juaneteros, de manera de que antes de un santiamén me vi trepando por la tabla de jarcia rumbo al juanete, en donde no pude menos que maravillarme de la vista desde aquella altura, posteriormente me asignaron al velacho, pues mi talla no era la apropiada para moverse por el marchapiés y trabajar. No sé cómo lo hacíamos, pero conseguíamos largar y aferrar las velas con bastante soltura, sin arneses de seguridad ni nada, no como se hace hoy en día. 
    El Crucero de Instrucción era otro paso más en nuestro camino: una mirada al mundo, el sentido de lejanía de casa, la libertad en puertos extranjeros, el contacto con otras culturas, todo era nuevo e ilusionante; sin embargo el Elcano era también parte del “sistema” y sus custodios eran dignos representantes de lo más granado de la tradición. Solo la juventud que disfrutábamos y la camaradería hacen que el balance de aquel viaje no sea negativo. Nos seguían tratando, en nuestro cuarto año de carrera, con veintidós años, como si tuviéramos diecisiete, lo dicho: “siempre había sido así”. 
    Al Comandante lo veíamos pasar de toldilla al puente, sin tener jamás contacto con nosotros, aunque había un turno para comer con él en su cámara; del segundo sabíamos que era simpático y que hablaba italiano, aunque no con nosotros; los oficiales: a lo suyo…; solo un par de Alféreces de Navío y nuestro profesor de Infantería de Marina se salvaban de la quema. 
    Santa Cruz de Tenerife nos esperaba como primer puerto, y el objetivo para nuestras compras, para lo que veíamos perfectamente instruidos por nuestros compañeros del viaje anterior; aquello era muy fácil: comprar pagando con letras que vencían al finalizar el viaje. Los indios de Canarias siempre han sido buenos comerciantes. 
    La escala en Tenerife fue más larga de lo previsto, casi quince días, pues el barco tuvo una avería en el embrague de la hélice. Fueron unos días estupendos, disfrutando de sentirnos unos verdaderos marinos, pero en cierta medida anhelábamos salir a la mar pues suponía cruzar el Atlántico, lo que hicimos a vela en 24 días, entrando en el Caribe, en demanda de La Guaira, entre las islas de levante de Martinica y Dominica, para luego fondear en el archipiélago de Los Roques y adecentar el barco antes de la entrada en puerto. 
    En La Guaira nos esperaba en el muelle una impresionante banda de la Marina venezolana, que atacaba pasodoble tras pasodoble incapaces de tocar estáticos, como hacen las bandas españolas, sino siguiendo con mucha gracia con sus movimientos el ritmo de la música. 
    Tuvimos ocasión de visitar la Escuela Naval venezolana, y disfrutar de sus magníficas instalaciones, así como asistir a recepciones de las comunidades regionales españolas en Caracas, a donde solíamos ir todos los días. Previamente se nos explicó a bordo lo que podíamos decir y no decir y el tipo de preguntas y reproches que se nos harían, en clara demostración de algo de nuestra querida España no marchaba de acuerdo con los estándares de la época, cosa que para algunos de nosotros era más que evidente. Nos llamaba la atención las inquietudes políticas que tenían los venezolanos quienes hablaban continuamente de política. Da pena el verlos ahora con la desgracia que les ha caído en la forma de sus presidentes. 
    De la Guaira salimos rumbo a Bradenton, en Florida, para asistir a la conmemoración de la llegada de Hernando de Soto; la llamada “De Soto Celebration”. En el tránsito nos acercamos a las inmediaciones de La Habana, mientras deseábamos tener otra avería que nos obligara a entrar en puerto, lo que lamentablemente no sucedió. 
Bradenton, en cuya bahía fondeamos, era la típica ciudad americana dispersa en una amplia zona, en la que sin un coche no eres nada, difícilmente comparable con una ciudad española, aunque hasta allí nos llevaba el participar en los actos conmemorativos de la llegada de Hernando de Soto a Florida. 
  Los actos consistían en el simulado desembarco de los conquistadores españoles y su primer contacto con los indios, seguido de una especie de corrida de toros. La supuesta plaza era un círculo de tribunas escalonadas que rodeaban una arena cercada de tela metálica en la que escarbaba el suelo con sus pezuñas un toro con joroba, una especie de búfalo de más de 600 kilos. Los dos toreros aparecieron montando al galope sendos caballos para el regocijo de todos los presentes, mientras el toro acometía con fuerza uno de los palos de madera que sostenían la tela metálica. Aquello no anticipaba nada bueno, pues mientras uno de los toreros, ya a pié, citaba sin éxito al toro, este parecía que solo quería abrirse camino golpeando el poste, por lo que un par de policías habían ya tomado posiciones, con sus revólveres listos para la eventualidad de el toro se liberara, lo que finalmente hizo. Fue el plomo y no el acero el metal que acabó con su vida. Nuestra sorpresa fue mayúscula y mientras parte de los espectadores huía de la escena del crimen, los españoles reíamos a carcajadas ante semejante espectáculo. 
    De Bradenton nos dirigimos en demanda de la desembocadura del río Missisipi, para llegar a Nueva Orleáns. El tránsito fluvial fue por la tarde y durante la noche, para llegar a la preciosa ciudad de Nueva Orleáns por la mañana. Nos atracaron en el centro, cerca de la zona comercial de la ciudad, y a distancia de la zona histórica. La ciudad lucia su herencia española, pues había sido la capital de la provincia de Luisiana. El denominado “French Quarter” o Barrio Francés, fue también el antiguo barrio español, cuyo centro es la Plaza de Armas, rodeada de calles en la que se puede ver su antiguo nombre español. 
Nueva Orleáns nos ofreció al grupo de jóvenes que allí llegamos el primer contacto con los Estados Unidos, y allí pudimos admirar su cultura, sus tradiciones y los últimos balbuceos de su humillante “apartheid” que impedía a la gente de color ir en los mismos autobuses que los blancos, y que dispararía el movimiento de derechos civiles. 
    En los alrededores de Bourbon Street pasamos nuestros mejores momentos, disfrutando del magnífico ambiente de la ciudad y sus salones de jazz. Una de las visitas que hicimos fue a los Astilleros Avondale, en donde tuvimos ocasión de ver la construcción de las Fragatas de la clase “Knox”, a las que capivoltaban en la grada para hacer el cableado y ser posteriormente botadas de costado al río. El diseño de aquellas fragatas se modificó para convertirse la clase “Baleares” en nuestra Armada. 
    El periplo americano finalizó con la escala en la impresionante Nueva York que nos deslumbró con su magnificencia y sus dimensiones, algo nunca visto por nosotros. El pasear por sus calles, sus edificios, el “Empire State” y las famosas “Torres Gemelas” entonces todavía en construcción, la visita a sus museos, las recepciones que tuvimos y las visitas eran toda una clase de mundanidad que ayudaron a transformar nuestra visión de la realidad. 
    Antes de las vacaciones previas al embarque nos asignaban en la Escuela los títulos de unas conferencias que debíamos impartir durante el crucero; a otro compañero y a mí nos tocó en suerte “La guerra subversiva”, que me comprometí a preparar solo, lo que me obligó a buscar información en algunos libros y artículos de revistas. Aquel contacto con la subversión y los movimientos clandestinos españoles me permitieron reflexionar sobre la realidad española y la ausencia de libertad que teníamos. Fue el único trabajo para exponer que hice en mis cinco años de carrera. El resultado fue razonablemente bueno, aunque mis pocas tablas hablando en público no ayudaron al éxito. Todos los comienzos son difíciles. 
   El regreso a Europa lo hicimos por la derrota del Norte, aprovechando los vientos del oeste, así que salimos en demanda de Lisboa, y una tarde con todo el aparejo dado conseguimos dar 16 nudos antes de meternos en una importante borrasca. En estas largas navegaciones los infantes de marina no teníamos mucho que hacer, solo estudiar algo de las asignaturas cuyas lecciones recibíamos por la mañana, jugar al tute, y hacer nuestras exigentes guardias de cuartelero o de guardia interior: seguíamos siendo invitados. Nuestros compañeros de Intendencia lo tenían aun peor, pues aparte de compartir con nosotros las exigencias del servicio de cuartelero también tenían la guardia de aprovisionamiento. No tuvo nada de particular que un día se plantaran ante el Comandante de Brigada para pedir el poder hacer guardias en el puente o en cubierta; nosotros, los infantes de marina ya sabíamos que habría luz al final del túnel, por lo que no quisimos unirnos a sus demandas y continuamos con nuestros exigentes servicios. 
    La escala en Lisboa nos permitió conocer un poco una marina de la OTAN, y allí visitamos sus escuelas, incluyendo la Escuela Naval. Fueron unos días agradables, pero ya nada podía igualar a nuestras experiencias americanas. 
   Brest también nos permitió conocer la Escuela Naval francesa y conocer cómo vivían en ella sus guardiamarinas, nada comparable a nosotros: ellos en el siglo XX, nosotros en el XVIII. Ostende completó la toma de contacto con las marinas europeas, allí también visitamos las Escuelas de la Marina y nos divertimos por las calles de esta bonita ciudad costera belga, teniendo también ocasión de visitar Bujas y Bruselas, aunque ya no veíamos la hora de acabar el viaje, lo que estaba previsto hacer en el puerto de Almería en donde se celebraba la Semana Naval, y en donde se concentraban todos los buques de la Flota. 
    Ya luciendo la solitaria estrella de Alférez, volví a mi casa de Ferrol en donde pasamos aquel verano. Teníamos una buena pandilla y alternábamos la playa -cuando el tiempo lo permitía- con aperitivos en las terrazas del Cantón y con salidas por la tarde al Club Náutico o al Club de Tenis. Ferrol era un sitio divertido cuando se tenían veinte años y algo de dinerito fresco en el bolsillo, así que entre copas, mariscadas, teatro y bailes pasamos un verano magnífico, sabiendo que al final me esperaban los "valientes por tierra y por mar": la auténtica Infantería de Marina.

   Como decía en la entrada anterior, esta es una narración de acontecimientos que sucedieron en el siglo pasado, hace cincuenta años, en la que se mezclan hechos y opiniones, amenizados con pinceladas del ambiente y visión del mundo de los jóvenes de la época.


Recuerdos de un Aspirante
http://reymeric.blogspot.com.es/2017/06/cuando-las-brisas-soplan-serenas-i_19.html
   



lunes, 19 de junio de 2017

RECUERDOS DE UN ASPIRANTE. POR TIERRA Y POR MAR XII.


   



   Este año se celebra el tricentenario de la creación de la Real Compañía de Guardiasmarinas, que en esos años ha proporcionado a la Armada los oficiales que han servido en sus filas. Con tal motivo publico en "Panorama" una versión abreviada de una crónica de mi época en la Escuela Naval Militar (ENM). A algunas personas les podrá parecer excesivamente crítica, pero estimo que los muchos años que he servido con orgullo en la Armada, en su Cuerpo de Infantería de Marina, buscando los "puestos de mayor riesgo y fatiga" en una carrera en tiempo de paz, me conceden el derecho para hacerlo como crea conveniente, en el convencimiento de que sin una actitud crítica no hay progreso.
Es difícil expresar sin pasión lo que fueron los años de internado en la ENM, pero he intentado hacerlo “mirando hacia atrás sin ira”. Sencillamente, esta es una narración de acontecimientos que sucedieron en el siglo pasado, hace cincuenta años, en la que se mezclan hechos y opiniones, amenizados con pinceladas del ambiente y visión del mundo de los jóvenes de la época.
La ENM se había trasladado desde San Fernando a la Villa de Marín en el año 1946. Sus instalaciones se asoman a la ribera sur de la Ría de Pontevedra, en un paraje que dominan los altos de Castiñeira y que adorna la isla de Tambo. En su planta y fábrica se aprecia el interés de la Armada por regenerar su Cuerpo de Oficiales, tan destrozado en la guerra civil y, a la vez, proporcionar un digno emplazamiento a una importante institución que había impartido sus enseñanzas a bordo de buques-escuela y centros en tierra en los últimos dos siglos y medio.
La Escuela Naval se gobernaba por un régimen interior que evidenciaba el conocido problema de la resistencia de las organizaciones al cambio, que  también se manifestaba en la Marina, cuyos universos mentales estaban más arraigados de lo que pudiera parecer. Su sistema de formación para jóvenes de veinte años estaba inspirado en el de la época en que los Guardiasmarinas lo eran de catorce: “siempre ha sido así”, se decía, y era opinión muy extendida que el “sistema” funcionaba y producía buenos oficiales. En fin, que tengo sentimientos contradictorios de mi paso por la Escuela, muchos son buenos, pero la severidad del internamiento, el trasnochado régimen interior y algunas carencias en la formación militar marcaron aquellos años de juventud.
En la puerta de Carlos I me reuní, con los que iban a ser mis compañeros de penas y alegrías y con los que se formaría la 1ª Brigada. Allí nos esperaban los primeros responsables directos de nuestra formación: los Brigadieres, tres alumnos del cuarto curso, acompañando al que durante quince días sería nuestro primer Comandante de Brigada.
Los doce Aspirantes de Primero de Infantería de Marina nos alistábamos en un Cuerpo del que en la Armada estaba muy extendida la idea de que su razón de ser era dar la “tónica militar” a la Institución (pues al parecer no iba sobrada). La idea se sustentaba en la disposición de la posguerra civil que asignaba esta misión a la Infantería de Marina, con la que el Cuerpo no se había conformado y buscaba su nueva razón de ser abrazando la guerra anfibia, invirtiendo desvelos y energías para recuperar su identidad como Cuerpo de Tropas de la Armada y como Fuerza de Combate.
El Cuerpo tenía entonces doce Coroneles, el mismo número de Aspirantes que ingresaban. Desde nuestra llegada a la Escuela algo quedó claro: allí los Infantes de Marina éramos con los de Intendencia y los de Máquinas ciudadanos de segunda categoría, invitados, ya que la preeminencia del Cuerpo General era omnipresente e inexplicable. Era difícil entender que la Armada no empleara todo el potencial del capital humano que cada año recibía y limitara el acceso a los puestos de responsabilidad en función de las notas de la oposición de acceso a la carrera militar o de las funciones de cada cuerpo de oficiales. En fin, baste decir que todos los puestos de cargos dirigentes, los Comandante de Brigada, y la mayor parte de los Brigadieres estaban reservados para el Cuerpo General, excepto media docena de Sub-brigadieres. No estoy seguro si hoy en día esto ha cambiado en algo. En consecuencia no puedo decir que estuviéramos en las mejores condiciones para aceptar lo que allí veíamos.
La vida en la Escuela empezaba temprano; al toque de “diana” a las seis y media de la mañana saltábamos de la cama como autómatas y nos dirigíamos rápidamente a los servicios de los dormitorios para el aseo matutino, pues a las siete y diez había que estar sentado y callado en las mesas del Salón de Estudio. La concentración o abstracción en el Estudio venía alterada por los aires militares que la Música de la Escuela atacaba mientras se dirigía a las ocho menos cinco de la mañana a proceder al izado de bandera; “La Bejarana” y “Las corsarias” eran las marchas que mas sonaban. Al acabar el estudio había un período de gimnasia para todas las Brigadas, para luego, después de la segunda ducha de la mañana formar, todas las Brigadas en el Patio de Don Álvaro de Bazán para la diaria revista de policía de nuestro Comandante de Brigada, para comprobar si nos habíamos afeitado, limpiado las botas y llevábamos impecables nuestros uniformes:
-“Primer fila al frente dos pasos, tercera fila media vuelta…” Finalizada la revista comenzaban las clases de la mañana, que duraban hasta la hora de comer. Las tardes se ocupaban en tres actividades: Instrucción Física y Deportes, Instrucción Militar e Instrucción Marinera, que estaban básicamente dirigidas por el Comandante de Brigada y algunos escasos profesores.
En el profesorado de la Escuela había de todo; la mayoría, probablemente buenos profesionales, eran distantes con nosotros, pero también los había altaneros y jaques: “sotas de espadas”, pavoneándose delante de nosotros, su pésimo ejemplo también contribuyó a nuestra formación para mostrar cómo no tenía que ser un oficial. Por su parte, la Dirección de la Escuela, celosa de la tradición y de los valores del régimen, estaba investida de una suerte de misión divina: algo parecido a la que recibió Saulo en el camino de Damasco; alejada de la realidad de un mundo agitado con deseos de libertad, sus medidas casi nunca eran bien recibidas por unos alumnos que no veían la hora de salir de aquella trampa mortal. Solo la escasa libertad  del medio sábado y el domingo -con una pequeña ayuda de Baco- nos permitía ir tirando, imaginando que aquello no podía ser de verdad la vida militar; yo sabía que tendría un final y que luego llegaría la vida para la que creía haber nacido.
La Instrucción Física y Deportes no ofrecía muchas alternativas, pero al menos era al aire libre, aunque existía una obsesión por superar cada año unas marcas mínimas; además podías apuntarte a un equipo de algún deporte que te tuviera ocupado y hacer más llevaderas algunas tardes. La llamada Instrucción Militar era simplemente la instrucción de orden cerrado con mosquetón, con alguna esporádica teórica de armas portátiles. Los adoquines de la explanada de la Escuela veían impertérritos como generación tras generación, día tras día, se repetían mecánicamente los mismos ejercicios dirigidos por los Brigadieres y supervisados por el Comandante de Brigada.
A distancia, manos en la espalda con su cabeza erguida y pelada, embutida en la gorra de plato, paseaba el marcial Capitán de Corbeta Jefe de Instrucción, quizás meditando sobre la influencia del poder naval en la vida de las naciones o pensando si formar la línea de batalla de sus acorazados sobre la columna de babor o la de estribor, mientras vigilaba de reojo nuestros esfuerzos por aprender algo que cualquier soldado aprendía en los primeros días de su período de instrucción.
La Instrucción Marinera del primer año -todo un desafío intelectual- además de algunas clases de nudos en el Pañol del Contramaestre, consistía simplemente en remar en botes de nueve metros, tarde tras tarde, día tras día. La única esperanza de romper la rutina era que alguna tarde te tocara al menos ir de patrón: -¡listos para dar avante!...¡aaavante!: las trirremes en Actium. Solamente en el último trimestre empezamos a arbolar los palos para poder navegar a vela en los mismos botes; otra actividad muy enriquecedora, sentados en el plan del bote esperando la siguiente orden: -¡Preparados para virar por avante!...¡larga escota de trinquete! ¡caza mayor al medio! Al menos allí estábamos tranquilos y no teníamos que remar… así día tras día: ”en paz o en guerra, en calma o tormenta hay que navegar”… como avisaba la canción “Cantinera”.
A partir de las cinco de la tarde en que terminaban estas actividades la Escuela se convertía en el reino de los Brigadieres, que eran alumnos seleccionados entre los del último curso, y todo supervisado por el  Profesor de Servicio.  El último acto militar del día, antes de ir de nuevo al Estudio, era la formación para la oración de la tarde, para la que todas las Brigadas, al mando de los Brigadieres y presididos por el Jefe de Servicio, formaban en el Patio de Don Álvaro de Bazán.
Acabado el estudio colectivo de la tarde llegaba la cena en el comedor de alumnos, para a su finalización retirarse a los dormitorios en donde los Brigadieres continuaban bombardeándonos con sus sonseras, con preguntas sobre la Orden del día siguiente y cosas semejantes, mientras comprobaban si nuestras lanillas estaban bien arranchadas encima de las banquetas. Así nos tenían prisioneros hasta las diez y media, en que el corneta tocaba "silencio", momento en el cual se apagaban las luces y caíamos rendidos en un sueño profundo, aunque no siempre era así, pues a veces decidían que habíamos hecho algo mal, algún gravísimo pecado que habría hecho revolverse en su tumba al Marqués de la Victoria, en vista de lo cual nos ordenaban formar en tres minutos en el patio, vestidos del uniforme que su superior criterio determinara, normalmente para correr formados por la Escuela y recibir un ejemplar castigo colectivo.
Otra forma más desagradable de castigo colectivo eran las llamadas “mudas”, en la que con intervalos de tres minutos debíamos cambiarnos de un nuevo uniforme y estar formados en la explanada, así varias veces hasta que habíamos agotado todas las posibles combinaciones de nuestros variados uniformes. Los castigos individuales consistían en “cofas” y “plantones”; las primeras consistían en subir a la cofa del palo de la Escuela y permanecer allí el tiempo que te hubieran ordenado, así que los condenados trepábamos por la tabla de jarcia y arraigado para mantener autenticas conversaciones en la cumbre, a veces bajo un buen chubasco; los plantones consistían en permanecer en posición de firmes en los arcos del Casino de Alumnos el tiempo que te hubieran ordenado, normalmente en múltiplos de un cuarto de hora. Estaba claro que aquello no servía para nada, solo para confirmarte en lo absurdo de aquella trasnochada disciplina académica.
Aparte de estas medidas disciplinarias existían los tradicionales arrestos de fin de semana, administrados en fracciones de medio día; o sea que como no salíamos nada más que el sábado por la tarde y el domingo hasta las diez y media, a poco que te descuidaras te pasabas quince días sin ver el mundo exterior, lo que te podía precipitar en una nueva espiral de arrestos.
La suerte nos vino a visitar con nuestro nuevo Comandante de Brigada, un buen Teniente de Navío, que se afanó en inculcarnos los mejores valores de la Marina y nos trató siempre con la consideración debida, lo que era la envidia de las otras Brigadas.
En el ambiente dominante solamente las asignaturas militares llamaban mi atención y en especial las prácticas de campo. Para mí y la mayor parte de los Infantes de Marina, la alegría llegaba el viernes cuando nos íbamos al campo. Poco a poco nos fuimos endureciendo y soportando las cargas que llevábamos, empezando a disfrutar de las jornadas al aire libre desarrollando nuestro oficio, en las que con un fusil en la mano y el cielo por montera te sientes el amo del mundo, y eso sí: normalmente bajo la lluvia.
Aquel año de 1967 se implantó para las unidades de Infantería de Marina la organización del Pelotón, Sección, Compañía y Batallón del U.S. Marine Corps, lo que se hizo editando el Grupo Especial una serie de magníficas publicaciones que nos introdujeron en el arte de la moderna guerra anfibia. En nuestras salidas al campo practicábamos lo que prevenían aquellas publicaciones, de las que solo la del Pelotón estaba al alcance de los Aspirantes de Primero. De esta manera, actuando como fusileros girábamos como electrones alrededor de un núcleo, constituido por un guardiamarina que hacía las veces de Cabo de un Equipo de Fuego de cuatro hombres. Así, se nos desvelaron los misterios de sus formaciones: la cuña directa e inversa, la guerrilla y la hilera de combate; en apariencia solo geometría, combinatoria, coreografía marcial, pero algo majestuoso si se ejecuta frente al fuego enemigo, y de eso los “Marines” sabían un montón, ya que en él habían recibido su “divine spark”. 
   La instrucción de los alumnos de Infantería de Marina también incluía la ejecución en invierno y primavera de unos ejercicios tácticos de diez días de en el campo, para lo que se instalaban campamentos en zonas próximas a la Escuela. Nuestro primer campamento se organizó en la Sierra de la Grova, para lo que nos trasladamos a Bayona a bordo de los dos Patrulleros que tenían su base en Marín: el “Pegaso” y el “Proción”. Desde Bayona comenzamos una marcha hasta la zona de campamento, en donde los ejercicios tácticos se sucedían día, tarde y noche. La zona está poco habitada, solo algunas parroquias aisladas, pero es famosa por la llamada “rapa das bestas” que se celebra cuando se reúnen a los caballos salvajes que viven sueltos en aquellos parajes para marcarlos. El fin de semana del campamento nos ofreció la posibilidad de trasladarnos a Tuy de “franco de ría” en donde nos alojamos en el edificio que hoy es el Seminario Diocesano. Fueron un par de días estupendos, en los que disfrutamos de la magnífica mesa gallega y sus vinos del Rosal.
A veces las semanas se alargaban debido a los variados arrestos que nos imponían por asuntos triviales, como: “no hacer la bola a diana”, “moverse y reírse en la formación” de clase, “llegar tarde a formación”…etc., etc., o sea: delitos terribles que suponían a veces un par de semanas sin salir de la Escuela. En consecuencia, durante el fin de semana el Casino de Alumnos acogía las penas y nostalgia de la libertad perdida que mitigábamos “sin sexo ni drogas, pero con rock and roll y alcohol”.  
   En aquellos años hicieron irrupción los grupos de “soul” americanos; solistas como Stevie Wonder, Otis Reding y James Brown, y grupos como “Temptations” “The Supremes”, “Martha and the Vandellas” y “The Four Tops” cuyas canciones sonaban en los altavoces del Casino trayéndonos sus incomprensibles letras los aires de la libertad que se respiraba en el mundo de la época.
   El primer año académico finalizó para los infantes con un campamento en la Península del Grove, cerca de la Batería de Costa de San Vicente do Mar. Allí pasamos un par de semanas magníficas, haciendo ejercicios de tiro y tácticos, en los que los de Primer Curso teníamos un papel secundario. Nuestro "Jefe de Tribu", el Coadjutor, todo un personaje legendario en la Escuela, nos permitía algunas escapadas al pueblo de El Grove a tomar algunos viáticos, de donde volvíamos todos, profesores y alumnos, con alguna taza de mas y un poco de sentido de menos.
Finalizado el campamento, y de regreso a la Escuela nos preparamos para el viaje de fin de curso, que hicimos a bordo de dos viejos minadores: el “Marte” y el “Neptuno”, haciéndolo yo en el segundo. El crucero nos trajo otro motivo de alegría, pues permitía que el régimen de internado se relajara y nos acercaba más a la verdadera vida de la Marina. Aquel viaje en el “Neptuno”, viviendo en el sollado de minas con coys para dormir, debo reconocer que fue formativo; visitábamos puertos, conocíamos Instituciones, y ocupábamos el tiempo hablando con los marineros, cabos y suboficiales de la dotación. La jornada comenzaba con la “diana” que repetía el altavoz de órdenes generales: “Neptuno, diana, diana, aferrado de coys y arranchado en batayolas”.
El viaje incluyó los puertos de Tenerife, Huelva, Cartagena, Tarragona, Cádiz, Santander, Ferrol y Marín. Tenerife nos ofreció la posibilidad de conocer algo de las Islas Canarias, y por primera vez beber el whisky con agua de Firgas y la sensación de ser marinos en puerto…con un par de ellos a bordo. En Huelva visitamos la Rábida, en donde profundizamos en el conocimiento de la gesta de Colón, que apasionadamente nos ilustró el Comandante de Marina, un singular Capitán de Navío.
Cartagena nos acogió con las habituales visitas, pero también supuso el primer contacto con las unidades de Infantería de Marina durante la visita al Tercio de Levante, en el que nos mostraron el moderno material de procedencia americana con que estaba dotada la Unidad de Desembarco, que luego complementaríamos con una visita en San Fernando al Grupo Especial, hoy Tercio de Armada. Aquellas dos visitas no nos proporcionaron tanto conocimiento como el legítimo orgullo de sabernos diferentes, con nuestra propia identidad, que las unidades se esforzaban en cultivar, y comprobar que había luz al final del túnel.
El último puerto antes de volver a Marín fue Santander, en donde juramos Bandera, bautizándonos como la Promoción Santander. La ceremonia fue presidida por el Jefe del Estado, Generalísimo Franco, y en el mismo acto se impuso la última Cruz Laureada de San Fernando de la historia contemporánea española al Coronel Palacios Cueto, por su actuación en la División Azul en el frente ruso y en su cautiverio. En Santander vimos por vez primera en acción, en una demostración anfibia en la playa de Sardinero, a las unidades del recién creado Tercio de Armada.
En aquel año de agitación social, mientras leíamos una domesticada prensa y alguna no tan domesticada como “Cuadernos para el Diálogo” y la revista SP, la música de Joan Baez acompañaba nuestro tiempo libre; los Moody Blues cantaban “Nights in white satin”, los Procol Harem su “Whiter shade of pale” y Simon & Garfunkel su “Sounds of silence”. Sabíamos que se avecinaba el fin de una época y que España no podía seguir siendo “diferente” como preconizaba el régimen y en verdad que anhelábamos nuevos vientos.
La mañana del 20 de agosto, la radio informó que las fuerzas del Pacto de Varsovia habían invadido Checoslovaquia aplastando los deseos de libertad del pueblo y terminando con el régimen liberal que se había instaurado. Nosotros, en nuestra "torre de marfil" éramos poco conscientes del déficit de libertad en que vivía el pueblo español, pero ya teníamos revistas y publicaciones que nos daban pistas de cómo debería ser nuestro futuro en libertad, que aún tardaría en llegar.

El Segundo Curso fue mejor que el primero, con más asignaturas propiamente militares, como la táctica y el tiro. La Táctica se basaba en las publicaciones de la Infantería de Marina de los EEUU que habían traducido y editado en el Tercio de Armada. Aquello fue una auténtica “revolución cultural” en la Infantería de Marina, un esfuerzo ingente, hecho por oficiales con la ilusión de modernizar el Cuerpo, y en verdad que lo consiguieron. Aquella táctica era poco apreciada por los viejos profesores, que se conocían la antigua táctica del Ejército de Tierra español y no parecían muy dispuestos a impulsar el cambio, que nos llegó de la mano de jóvenes Capitanes que llegaban del Tercio de Armada, quienes supieron dar un giro radical a la enseñanza y la forma de impartirla, inculcándonos los valores y espíritu que deberían animar a un buen oficial, y enseñándonos las técnicas que necesitaríamos para el desempeño de nuestra profesión. Sobre todo nos inspiraban el orgullo: el orgullo de saber que pertenecíamos a una casta de soldados, a un Cuerpo de Tropas y eso nos hacía sentirnos diferentes de todos los demás; ni mejores, ni peores: diferentes…los infantes de marina… ni mas, ni menos.
Otro Capitán de Infantería de Marina, sólido intelectual, nos ayudó con sus clases de Pedagogía del Mando a ampliar nuestros horizontes y pensamiento crítico -por supuesto saliéndose del temario- al presentarnos nuevos límites al conocimiento, enseñándonos a “filosofar con un martillo” para conocer el fondo de las cosas.
Ese año se incorporaron a nuestra Brigada varios compañeros de la anterior; era la demostración de que el plan académico no estaba bien concebido, pues no parecía razonable hacer repetir un curso a gente que podría aprobar las asignaturas pendientes a lo largo del año siguiente, pero menos razonable todavía era repetir por “Espíritu Militar”, algo que no abundaba en la Escuela y cuya métrica desafiaba el sentido común de cualquier Oficial bien formado. Total que se nos incorporaron un grupo de buenos amigos, uno de ellos de Máquinas, quién formaría él solo la Promoción del Cuerpo de Máquinas de la Brigada: brillante, ¿no?...clases particulares.
El segundo año nos introdujo en las técnicas del tiro de Infantería y de Artillería, que comenzó siendo impartidas por una vieja gloria de la Escuela Naval. El método era casi de la Primera Guerra Mundial, basado en un anticuado texto de tiro y en las tablas de tiro de los cañones de infantería de 65/17 y de 75/13. El tiro parecía algo esotérico y científico. Ya en primer curso tuvimos ocasión de comprobar lo complejo que resultaba, cuando los Guardiamarinas pertrechados de tablas de logaritmos y tablas de tiro ejecutaban una compleja preparación topográfica antes de comenzar el fuego, en un proceso sin fin, eterno, en el que “spotters” y telémetros se visaban unos a otros conduciendo a unos interminables cálculos que producían finalmente una elevación y deriva para morteros de 81mm y cañones sin retroceso. Yo era bastante lego en el arte militar, pero columbraba que la guerra no podía ser así: con las tablas de logaritmos en la mano; quizás era la forma de demostrar que también los infantes estábamos tecnificados y sabíamos matemáticas…”pardas”. En Enero de aquel año un nuevo profesor, procedente del Tercio de Armada se encargó de demostrarnos lo anticuado de aquel extraño método de tiro.
En Segundo Curso nos encontramos también con la Electrónica. Si ya la enseñanza de la Electricidad en primer curso había sido de muy bajo nivel, la de Electrónica en segundo siguió la misma tónica. No comprendía por qué nuestros compañeros de Cuerpo General estudiaban -partiendo de idéntica preparación al ingreso- una Electricidad y Electrónica más avanzadas, además de Mecánica, como continuación del Análisis Matemático del primer año, y los infantes de marina continuábamos dando libros americanos muy elementales y nada de Mecánica.
Como complemento del Crucero de fin de curso teníamos alguna navegación esporádica a bordo de buques de la Flota. Con tal motivo, en Marzo fondeó en la ría la 51ª Escuadrilla de Fragatas para una colaboración de cuatro días con los alumnos de la Escuela. Aquella tarde nos repartieron por las cuatro Fragatas, tocándome en suerte el “Vulcano”. Una vez organizadas y repartidas las guardias me asignaron la de media, así que me acosté y en medio de una noche fría y ventosa formé en cubierta con mis compañeros de la guardia de media para que nos asignaran puestos.
No sé cómo ni por qué me vi en un grupo que en silenciosa fila, como la Santa Compaña, subía al puente haciendo esfuerzos para no caerse tanteando el camino entre balances y cabezadas, para finalmente entrar en el totalmente oscurecido puente de gobierno, al menos para las almas en pena que llegábamos que no veíamos ni para jurar, así que agrupados y prietas las filas cómo la falange macedónica para apoyarnos en lo que se avecinara, esperamos a que nos dieran instrucciones mientras acomodábamos nuestra vista a la escasa luz existente. De repente en un altavoz situado encima de mi cabeza sonó mezclada con un chirrido de fondo una irrepetible e incomprensible frase en un idioma que parecía ingles, lo que me dejó estupefacto pues yo servía en la Marina Española, pero me quedé más aun cuando el que parecía ser el Oficial de Guardia se dirigió a mi diciéndome: - “Da el recibido” señalando hacia mi espalda. Al girarme para tratar de hacer algo positivo e improvisar algo que salvara la jornada, me encontré con un mamparo lleno de teléfonos, yo diría que mas de los que había visto en toda mi vida, así que ante esta inesperada y desesperada situación no tuve más remedio que confesarme y volviéndome hacia el Oficial de Guardia le dije : “es que yo soy de infantería”, a lo que algo nervioso y con voz fuerte ordenó: “los de infantería: al puente alto, de serviolas”…ya te digo: más de lo mismo.
Nuestra vida escolar continuaba, y mientras evolucionábamos arma en mano por los montes de Galicia, en los Estados Unidos sus jóvenes continuaban muriendo en la guerra de Vietnam, que seguíamos por la prensa. Pronto aprendimos nombres como Khe Sanh, Cam Ramh, el Delta del Mekong, la ruta Ho Chi Minh y vimos con pena como sus soldados, nuestros “marines”, eran recibidos sin la menor consideración a su vuelta a casa desde Vietnam. País ingrato y despreciable el que no cuida a sus soldados, reclutados por medio del servicio militar obligatorio y mandados a morir a una guerra lejana. La agitación estudiantil y la oposición a la guerra, a la que se unen los asesinatos de Robert Kennedy y el activista en la lucha por los derechos civiles de los negros Martin Luther King nos mostraban la imagen de un país dividido por la guerra.
El deporte no ha sido algo que se tome con interés en la Armada, más allá de la afición personal de algunas personas, como es el caso de los tiradores. Los Campeonatos de Marina de Tiro se celebraron ese año en Pontevedra, en un Campo de Tiro civil, en vista de lo cual algún visionario de la Escuela decidió que debíamos formar un equipo, cometido que se asignó a los Infantes de Marina, así que para arma larga nos presentamos voluntarios un pequeño grupo. Cuando fuimos a recoger la “artillería” nos quedamos estupefactos al comprobar que eran viejos mosquetones de principios de siglo, recalibrados al .22, así que con marinera azul, peto blanco y lepanto, pertrechados con nuestras armas de última generación (del siglo XIX) salimos, como los otrora mosqueteros del Rey de Francia a la campaña de La Rochelle, a defender en Pontevedra el honor de la Escuela Naval. Allí nos encontramos con los adversarios, auténticos maniáticos del tiro, pertrechados con un equipamiento que convertía al nuestro en ridículas antiguallas.
En la primera tirada le tocó en suerte a uno de mi promoción el puesto al flanco de un Teniente Coronel que había obtenido cierta notoriedad como tirador en el concurso de la televisión “La unión hace la fuerza”. No tardó mucho mi compañero en comenzar su campaña de guerra psicológica para desequilibrar al adversario, comenzando por alabarle sucesivamente el traje con refuerzos de cuero que lucía, las gafas, las viseras con parasol y otros artilugios, lo que empezó a desquiciarle, incrementando la excitación cuando, ya en posición de tendido, le pedía continuamente silencio, pero el pobre no sabía con quien se las tenía que ver; así que empezada la “balasera” mi compañero se abalanzó sobre su anteojo de observación firmemente asentado en su trípode y apuntado a su blanco para ver sus impactos mientras le decía: -con su permiso mi Teniente Coronel, déjeme ver cómo me está saliendo…El pobre Teniente Coronel ya no pudo más y de un brinco se puso en pie mientras gritaba: -¡que me quiten de en medio a este tío! Creo recordar que un profesor con buen criterio clausuró al instante nuestra participación en la competición.
El campamento de verano de aquel año se instaló en la Playa de Area da Cruz en la zona de Punta Fagilda, cerca de La Lanzada, en donde podíamos hacer ejercicios integrando el fuego de nuestras armas pesadas y el movimiento de unidades de fusiles. Allí atacábamos las supuestas posiciones del enemigo con fusiles de asalto y granadas de mano, mientras los morteros de 60 y 81 mm y los cañones sin retroceso de 75 mm apoyaban con sus fuegos. El campamento incluía también prácticas de fortificación y ejercicios tácticos sin fuego por la zona y, cómo no, alguna escapada a Portonovo.
Después del campamento de primavera llegó el esperado Crucero de fin de Curso, que esta vez hicimos las promociones de Primer y Segundo Curso a bordo del Minador “Marte”. Tampoco esta vez teníamos mucho que hacer a bordo, pero al menos éramos los veteranos. A bordo del “Marte” íbamos los Aspirantes de Primero y Segundo, unos 120, hacinados en el sollado de minas con coys para dormir, con diminutas taquillas, servicios y duchas escasas, y mas escasa aún el agua.
Nuestras guardias a bordo no exigían un gran esfuerzo intelectual: cuartelero en los sollados, de guindola en cubierta, o de serviola, ésta última la más divertida porque además de estar en el puente alto y ver la mar, el tráfico marítimo y las costas, si tenías suerte, te podía tocar de Oficial de Guardia un Teniente de Navío, magnífico oficial, al que todos admirábamos, quien no solo nos daba conversación durante la guardia, sino que en la de alba nos invitaba a un café; unos años después perdió la vida al estrellarse en vuelo el helicóptero "Huey Cobra" que pilotaba con un "Hughes 500".
El crucero incluyó escalas en los puertos de Cádiz, Las Palmas, Mahón, Cartagena, Sevilla, Ferrol y Santander: todo un clásico, todas las Bases y Santander de premio. A pesar de las estrecheces de la vida a bordo, los embarques nos permitían el contacto con la Marina real, con su gente, y además disfrutar de una cierta relajación de la disciplina académica. Cádiz, Cartagena y Ferrol eran escalas obligadas, con visitas a las instalaciones de la Armada, y Las Palmas tenía el encanto de las compras, en las que invertíamos nuestros escasos ahorros. En Sevilla estuve de guardia un día, vestido con uniforme blanco cerrado, viendo poner en la cubierta cumbres, patarraes y toldos con los que al menos nos aislábamos algo del sol, aunque el calor era abrasador... "las calderas de Pedro Botero". Con la caída de la noche, y para dormir en el sollado de minas, había que colgar los coys, pero en puerto preferíamos dormir a plan liados en las mantas sobre las colchonetas de los coys, pero aquella noche con un horrible calor que irradiaban las recalentadas planchas del barco después de veinticuatro horas atracados en el río, sin una brizna de aire, no había quien durmiera, por lo que se decidió abrir las portas de popa, por las que entró inmediatamente una terrible horda de mosquitos de los que debíamos defendernos envueltos en las mantas: una difícil elección entre el calor o los mosquitos... "qué noche la de aquel día". 
   Al acabar el curso, ya con las palas de Guardiamarina, marché de vacaciones hasta el 1 de septiembre, en que debería volver a la Escuela para continuar los estudios.



Recuerdos de un Guardiamarina:
http://reymeric.blogspot.com.es/2017/08/cuando-las-brisas-soplan-serenas-ii_25.html

lunes, 5 de junio de 2017

MARTIN SCORSESE. "SILENCIO"

      Instalado en el llamado por Kierkegaard "estadio religioso", acudí a ver la película de Martin Scorsese "Silencio", lo que me llevó a una búsqueda bibliográfica para comprender mejor una obra que no te deja indiferente, pues el director ha sabido llevar a la pantalla el núcleo de la obra  homónima del brillante escritor católico japonés Shusaku Endo. La novela, publicada en 1966, se inspira en las persecuciones a los cristianos de Japón en la época que siguió a la derrota de la rebelión de Shimabara en 1637. En su novela posterior "El samurai" vuelve a plantear el choque de culturas que aparece con la mundialización ibérica.

Andrew Garfield en el papel de Sebastian Rodriguez S.J.
    
      Los contactos occidentales con Japón comienzan a mediados del siglo XVI e incluyen la llegada de los jesuitas en su misión evangelizadora, lo que puso en contacto a la tradicional cultura japonesa con la cristiana occidental. Posteriormente, la toma del poder por la dinastía Tokugawa sumió a Japón en un completo aislamiento del exterior. Esta dinastía continuó aplicando la política de erradicación del cristianismo iniciada por sus antecesores y que llevó al martirio a quienes no apostataron de su fe católica. 
      La esencia de la película es la pregunta sobre la existencia de un Dios silencioso que acompaña a los creyentes en su solitaria adversidad y sufrimientos. Ya el Papa Benedicto XVI se la planteó durante su visita a Auschwitz al preguntarse: ..."Sólo se puede guardar silencio, un silencio que es un grito hacia Dios: ¿Por qué, Señor, permaneciste callado?, ¿cómo pudiste tolerar todo esto?" 
      La película de Scorsese sigue en líneas generales la obra de Endo, que se apoya en parte en hechos históricos, como la apostasía del jesuita Cristóbal Ferreira después de haber sido torturado, y el viaje a Japón de dos jesuitas para contactar con él y verificar este hecho. 

Leam Neeson en el papel de Cristobal Ferreira S.J.
    Después de permanecer ocultos un período de tiempo, los dos jesuitas que aparecen bajo los nombres de Sebastián Rodríguez y Francisco Garrpe, son denunciados por su judas japonés Kichijiro, su guía, y capturados. Las convicciones religiosas de Rodríguez comienzan a tambalearse cuando contempla las torturas a las que se someten a los creyentes japoneses, que podrían evitarse si él apostatara. Su entrevista con su antiguo profesor Cristóbal Ferreira, ya convertido en monje budista y el martirio de la "fosa" a que se somete a los japoneses cristianos le llevan finalmente a la apostasía.
   En la novela parece reflejarse la idea de Endo de que  el cristianismo no puede echar raíces en Japón, porque los japoneses tienen distintas concepciones de los orígenes del mundo, de la divinidad y de la vida del más allá, y son insensibles a Dios, al pecado y la muerte, y además un alto porcentaje considera que el cristianismo es un producto más de una cultura ajena a ellos; también cree Endo que para arraigar en ese país el cristianismo debería despojarse de todo lo accidental que ha acumulado en los años de historia y volver a su esencia primitiva.
    La historia de Cristóbal Ferreira es motivo de especulaciones, sobre todo tras habérsele atribuido la obra "Kengiruku": un panfleto que pretende refutar la doctrina católica, y que ha sido editado y comentado por Jacques Proust en su obra "La supercherie dévoilée". Si se aceptase su autoría, cosa poco clara, quedaría probada su apostasía, aunque hay testimonios de su arrepentimiento al final de su vida, pero que pudieran no tener una base sólida. Quizá basándose en este arrepentimiento, Scorsese se permite la licencia de insinuar al final de su película que Sebastián Rodríguez siguió siendo cristiano en su interior y continuó aceptado a este Dios silencioso que lo había acompañado toda su vida.

domingo, 27 de noviembre de 2016

EL TERCIO DE LEVANTE. 1974-1976. POR TIERRA Y POR MAR XI

     Esta entrada narra algunas vicisitudes ocurridas durante un corto período de tiempo en la vida en el Tercio de Levante -una unidad del Cuerpo de Infantería de Marina- mandado por un Coronel y encuadrado en las llamadas Fuerzas de Defensa y Seguridad que constituían, con el Tercio de Armada, las fuerzas del Cuerpo. Su organización reflejaba el concepto de empleo de sus unidades, de manera que contaba con una Unidad de Guarnición para la protección de las instalaciones de la Zona Marítima y una Unidad de Intervención Rápida (UNIR) como fuerza de reacción. La primera agrupaba a cuatro Compañías: dos destacadas en el Arsenal y en la Estación Naval de La Algameca respectivamente, una tercera que daba los destacamentos de seguridad para otras instalaciones de la Zona Marítima y finalmente una de Policía Naval. La UNIR, por su parte, contaba con una Compañía de Fusiles y otra de Armas. El Tercio además encuadraba a una Compañía de Plana Mayor y Servicios, una de Transporte y la Unidad de Música. 

     La nueva organización del Tercio contemplaba una Sección de Zapadores en la Compañía de Plana Mayor y Servicios, razón por la cual fui destinado allí, pero de momento la Sección no se iba a activar, por lo que pasé destinado a la Unidad de Intervención Rápida de cuya recién creada Sección Blindada de la Compañía de Armas tomaría el mando, con tres blindados de ruedas PANHARD AML-H60 y tres PANHARD VTT M3, y lo que era más importante: una sección con un Sargento y un Cabo 1º (V), y treinta cabos y soldados.

     Los AML, con una tripulación de tres personas, estaban equipados con una torre con un mortero de 60 mm de retrocarga y dos magníficas ametralladoras NF3, además de lanzadores fumígenos. Los VTT M3, eran vehículos de transporte de pelotón y llevaban una ametralladora MG en una escotilla protegida con un escudo. Tenían el mismo motor que los AML, pero por ser de mayor peso y llevar más carga solían quedarse retrasados cuando se incrementaba mucho la velocidad; el motor era de cuatro cilindros horizontales opuestos, refrigerado por aire y con un original cambio de marchas con desembrague magnético y embrague centrífugo. Los VTT llevaban radios americanas AN/VRC46, mejores que las francesas TRVP13A que dotaban a las AML. En esencia, eran vehículos muy sencillos de operar y mantener.

     Todas las semanas la UNIR programaba un par de días de campo y un par de campamentos semanales por semestre. Daba gusto ver a la UNIR totalmente motorizada salir del Cuartel con toda su impedimenta, hasta con los archivos; Marte nos sonreía desde el Olimpo. El mando de la UNIR con sus Land-Rover con buenas comunicaciones, los cañones sin retroceso de 106 mm, los morteros de 81 mm, los camiones Pegaso de la Compañía de Fusiles, los de servicios y finalmente, "la joya de la corona": la Sección Blindada. El principal propósito de los ejercicios era familiarizarse con la posible zona de operaciones y verificar el estado de protección de las instalaciones de la Zona Marítima, de manera que Las Estaciones Radio de Guardamar, Torrepacheco y Santa Ana, el Arsenal y la Algameca, así como otras instalaciones menores estaban acostumbradas a la presencia de la UNIR; aparte de esto, la unidad se adiestraba en las tácticas de combate en tierra de la Infantería de Marina. 

      La UNIR, al mando de un Comandante, era heredera de la Unidad de Desembarco Destacada (UDD) del Tercio de Armada y tenía buena cuna. Tuvo desde sus comienzos buenos Comandantes; facilitaba las cosas el que tenía en abundancia todo lo que necesitaba: munición, combustible, raciones…..etc, y sobre todo lo que tenía eran las ganas de ser una buena unidad y en verdad que lo era. Los ejercicios con fuego real eran espectaculares, de día y de noche, en el que en uno de ellos, el asalto nocturno de toda la unidad fue precedido un largo toque de “ataque” repetido en el silencio de la noche -homenaje a nuestros antepasados del Cuerpo- que enseguida apagaba el rumor de las armas y granadas de mano: nada podría detenernos... ¡estábamos listos!

    En una visita a los pañoles del Tercio descubrimos la existencia de cuatro embarcaciones IBS que estaban allí depositadas desde la disolución de la Sección de Zapadores Anfibios del Tercio. Con la ayuda de algunos amigos nos propusimos rehabilitarlas y ponerlas en funcionamiento, lo que finalmente conseguimos, siendo asignadas a la Sección Blindada, de manera que con ella y con los fusileros se podía ofrecer una capacidad más. Posteriormente, las IBS fueron reemplazadas por Zodiac con motor; así que ya se sabe cómo empezó la historia de las unidades de embarcaciones en los Tercios.

     Durante las juras de bandera del CEIM la Sección hacía algunas demostraciones bastante espectaculares, que consistían en formaciones de los vehículos, que ejecutadas a gran velocidad, con giros simultáneos y sucesivos, terminaban en línea para permitir el despliegue de los fusileros, quienes disparando fogueo llegaban a una posición de asalto desde la que lanzaban granadas lastradas que caían en una zona donde se habían enterrado cargas explosivas que explotaban manualmente a la caída de las granadas. En fin, que aquella coreografía militar encantaba a las personas que acudían a ver la jura de sus familiares y elevaba el prestigio del Tercio.

     El Tercio de Levante usaba varias zonas de ejercicios en la provincia de Murcia, una de ellas era Sierra Espuña, a donde se trasladó la UNIR con sus vehículos para instalarse en el campamento que la OJE allí tenía, para efectuar ejercicios tácticos en la sierra. El regreso se hizo andando con todo el armamento, municiones y equipo para finalizar en Tentegorra con un ejercicio nocturno con fuego real. En esta ocasión los vehículos Panhard estaban en mantenimiento, así que gozamos de las glorias de la infantería: en pié sobre la tierra, fusil en la mano, sintiéndose el amo del mundo. En el itinerario de regreso la Sección Blindada iba en vanguardia, y al ir bastante destacados del grueso paramos a premiarnos con alguna bebida en una pequeña venta en el camino. La ventera confirmó que tenían de todo. Ya apoyado en la barra el Sargento me preguntó algo así como: -Mi Teniente…, a lo que la ventera asombrada dijo: ¡Cómo! ¿qué usted es Teniente? no puede ser y ¿cómo es que leva esa mochila y viene andando desde tan lejos? ¿pero no es usted un Oficial?...No se quedó muy convencida de mis explicaciones.

     Aparte de nuestras actividades de adiestramiento teníamos las propias de ser las tropas de marina de la plaza, lo que suponía abundantes honores militares, para los que formábamos una Compañía de honores en la que los Tenientes alternábamos en la función de abanderado. Los tiempos de preparación de la Compañía me permitieron tratar al Director de la Banda y Música del Tercio, un veterano Comandante Músico, del que admiraba el orden y disciplina que mantenía en su unidad, con la que se aplicaba en sacar a la luz antiguas composiciones, preparando otras nuevas o incluyendo innovaciones como introducir un fragmento de la música que acompaña la aparición de Boris Godunov en escena en la ópera de Musorgsky en el tiempo que transcurre desde que termina la música de los honores hasta el momento que el Capitán de la Compañía se presenta ante la autoridad a darle la novedad. Se le veía disfrutar con la música militar, pero me temo que sus desvelos nunca fueron bien valorados, pues en la copa de despedida el día que se retiraba nos decía en sus palabras, con lágrimas en los ojos, que sus desvelos con su unidad nunca fueron reconocidos con una condecoración y que la única que tenía se la habían concedido cuando se le encargó de la policía de los servicios generales del Cuartel; a mí se me caía la cara de vergüenza al presenciar aquel triste lamento.

     El momento cumbre para la vida cuartelera del Tercio de Levante se aproximaba a la llegada de la Semana Santa y la preparación del famoso “Piquete” ¡lo máximo para los cartageneros! y con el que el Tercio se jugaba el honor escoltando al paso de San Pedro Californio, que saliendo del Arsenal recorría las calles de Cartagena en la noche del Martes Santo.

     El Teniente al que asignaron el mando del piquete se entregó con ganas para preparar una buena unidad, en la que abría marcha el Maestro de Banda del Tercio, todo arte militar y prosopopeya, marcando con la “porra” la cadencia del paso y las entradas de la banda. El día de la procesión la verdad es que daba gusto ver la marcialidad con la que marchaban y los aplausos con que premiaban los cartageneros los sucesivos cambios de hombro de las armas que la tropa ejecutaba marchando.

     La seguridad de las instalaciones navales de la Zona Marítima era nuestra principal preocupación; el terrorismo interior estaba activo y el exterior de origen islamista amenazaba el tráfico petrolero que llegaba a la Refinería de Escombreras, en consecuencia, a menudo se organizaban dispositivos especiales de seguridad a los que el Tercio contribuía con un Pelotón para la protección de los muelles de Escombreras y un destacamento para el Centro de Defensas Submarinas de “Trincabotijas”. 

     Durante uno de mis servicios como Oficial de Guardia Militar se activó uno de estos dispositivos cuyo jefe, excelente profesional y mejor persona, ante la monotonía del servicio degustó algo de mas los caldos de la zona; en consecuencia, a la caída de la tarde, "pintando copas", ya era miembro de honor de la "Parranda de Baco". Al comprobar que las adversas condiciones meteorológicas obligaban a entrar en puerto al patrullero de la Armada que cubría el sector de mar, decidió ir a cumplimentar a su Comandante, como sabiamente previene el ceremonial marítimo: una especie de visita de cámara, y ante su perplejidad le informó de que a la vista de que en la mar no había ninguna unidad “él tomaba el mando de la operación”. Alrededor de las once de la noche se recibió en el Cuartel la orden de retirar el dispositivo, y al comprobar que la unidad se retrasaba mucho en regresar al acuartelamiento, llamé a Trincabotijas, donde estaba la Estación de Defensas Submarinas, informando el Cabo del destacamento que allí tenía el Tercio, que estaban esperando la llegada del Sargento para regresar todos juntos. Mientras decía estas palabras se oía por teléfono el fragor de un denso tiroteo y al preguntarle qué era lo que sucedía, respondió impertérrito que les atacaban, por lo que le ordené que repeliera la agresión e inmediatamente se alertó la reserva. Pasados unos minutos llamé otra vez para preguntarle cómo iban las cosas, a lo que también con gran calma respondió: “ya salimos para ahí”, lo que me dejó perplejo y al preguntarle por los tiros me dijo: - “ah, era el Sargento que llegaba”.

     A su regreso al Cuartel el Sargento entró con la mirada extraviada en el cuarto del Oficial de Guardia, sentándose sin más preámbulo e informando, mientras arrastraba sus palabras, que no había habido ninguna novedad y que “a la vista de que el comandante del Patrullero no se atrevía a seguir en la mar, él había tomado el mando de todo el dispositivo”. Al preguntarle por la razón de los tiros, se quedó pensativo, añadiendo sin pestañear: - “¡ah! ¿los tiros?... ya lo pondré en el parte de campaña”. En fin; solo le faltaba mostrar los "spolia opima" de la campaña.
     Esto sucedía a las dos de la madrugada, pero alrededor de las siete, penitente y compungido, ya casi sin efluvios de alcohol y con la cara transfigurada se presentó de nuevo con gran alarde de disciplina y ceremonial militar, espantado de su actuación de la noche anterior y consciente de la trascendencia de su actuación, en especial de su decisión de comprobar el grado de alerta del destacamento de Trincabotijas abriendo fuego con su pistola. La consecuencia de sus disparos fue la demostración de que el destacamento estaba alerta, y en consecuencia respondió con el nutrido fuego de fusiles de asalto que yo oí por teléfono; pero no quedó ahí la cosa, pues no solo la Infantería de Marina acudió al fuego -con razón o sin ella- pues la guardia de la Batería de Costa del Ejército de Tierra de las inmediaciones al creer que les atacaban, también abrieron fuego, así como la Patrulla de la Guardia Civil que por allí andaba. Fue milagroso que el incidente se saldara sin bajas. Los “partes de campaña” de todas las “facciones enfrentadas” acabaron en la mesa del flamante y nuevo Capitán General, cuyo Estado Mayor alertó de las marciales medidas disciplinarias que se avecinaban, por lo que mi buen Sargento se debió de pasar un par de días preparando su equipaje para admirar Cartagena desde uno de sus castillos; sin embargo la suerte le acompañó, pues un par de días después el Almirante hizo su primera visita Oficial al Tercio y no quiso empezar su mando despachándolo al Castillo de Galeras, por lo que decidió archivar las actuaciones.
     En la Sección Blindada comenzaron a aparecer algunos problemas con los vehículos, lo que ponía de manifiesto que no eran totalmente nuevos, sino de segunda mano del Ejército Francés y rehabilitados. El mantenimiento en el Tercio era bueno, teníamos una buena Sección de Transportes con técnicos bien preparados, pero no contábamos con los suficientes repuestos ni toda la documentación de apoyo. Resultaba a toda luz evidente que aquella compra no estaba bien planeada ni hecha. La avería más grave, que sucedió un par de veces, era la perforación de la cabeza de un pistón, lo que obligó a venir técnicos de PANHARD, quienes al principio nos miraban con cierta desconfianza, hasta que la perforación de la cabeza de un pistón en un VTT, con motor nuevo, conducido en carretera por un técnico de PANHARD vino a confirmar que hacíamos bien las cosas.

     Un buen fichaje para la Sección fue un Cabo Especialista con el que me une desde entonces una estrecha amistad. En la época era un adolescente de 17 años, con su moto de pequeña cilindrada y buenas cualidades guerreras y otras juveniles no tan buenas, que hacían sacar de sus casillas al Sargento de la Sección. Mi enlace y operador de radio era un Cabo 2º procedente del reclutamiento obligatorio, un simpático mallorquín, al que gustaba la vida militar, por lo que decidió alistarse como especialista y continuar la carrera militar cómo suboficial. La Sección escogió como mascota a un cachorro de pastor alemán, bautizado “Don”, y que nos acompañaba animando nuestra vida diaria. 
     Mientras nosotros procurábamos tener una buena unidad -y en verdad que la teníamos- en el sudeste asiático continuaban los conflictos, y aunque parecía que a Camboya llegaba la paz con la toma del poder en Abril del 75 por los Khemeres Rojos de Pol Pot, sucedió todo lo contrario y el mundo durante años no hizo caso a las atrocidades que cometió su régimen en aquel desgraciado país. El nuevo régimen de Camboya desafió a los Estados Unidos al capturar el mercante porta-contenedores de bandera norteamericana “MAYAGÜEZ”, lo que precipitó una operación de rescate el 15 de Mayo del 75, que se saldó por parte de unas poco preparadas fuerzas americanas, con 38 muertos. La retirada de Vietnam y la desmoralización consiguiente estaban entre las razones del fracaso, aunque se liberó el buque. Años después conocí a un Teniente Coronel de Marines, que participó en la operación como controlador aéreo (FAC) y que fue herido cuando su helicóptero CH53 fue derribado por fuego antiaéreo de los “khemeres rojos”.
     Mi conocimiento del inglés también me proporcionó la ocasión de ir a Carboneras en Almería, de Oficial de Enlace de las fuerzas del Grupo Anfibio de la VI Flota de los EEUU que allí iban a hacer ejercicios. El continuar los contactos con los “Marines” era muy atractivo y siempre aprendía algo nuevo, trayéndome alguna de sus últimas publicaciones tácticas. 
     En la UNIR se trabajaba mucho y nos empeñamos en escribir los procedimientos de empleo de la Sección Blindada, para lo que adquirimos varias publicaciones del Ejército sobre las unidades de Caballería y en base a la experiencia y el material con que contábamos, redactamos unos apuntes sobre la organización y empleo de la unidad, de manera que cuando la Comandancia General encargó a la Junta de Reglas de Infantería de Marina la elaboración de un Reglamento de empleo de la Unidad, la aportación del Tercio de Levante fue sustantiva.
   En Noviembre de 1975, la debilidad interna española es aprovechada por nuestro vecino marroquí el rey Hassan II, quien organiza la denominada “Marcha Verde” para ocupar el Sahara Español, lo que motiva el embarque del Tercio de Armada y su traslado a Canarias por si tuviera que intervenir. Finalmente el Gobierno cede a la presión marroquí, en evitación de males mayores en el momento ya próximo de la muerte de Franco, y firma con Marruecos los acuerdos de Madrid por los que trasfiere la administración del Sahara a Marruecos y a Mauritania. Finalmente el 20 de Noviembre de aquel año fallece el General Franco, siendo sucedido el 22 de Noviembre por el Príncipe de España, Don Juan Carlos de Borbón, a título de Rey. 
     Unos días antes de la muerte de Franco, cuando ya se veía como inevitable, fui designado como oficial de una sección de una Compañía de marinería que debería trasladarse a Madrid para rendir honores fúnebres. Durante las tardes de unos diez días ensayamos en el Arsenal los honores fúnebres, hasta que en la madrugada del 20 de Noviembre nos trasladamos a Madrid. Allí en uno de los cuarteles del Ejército en Campamento nos reunimos con otras dos Compañías de marinería que venían de Cádiz y de Ferrol. 
Fueron unos días muy interesantes, pues Franco había estado omnipresente en nuestras vidas y a partir de ahora íbamos a ser dueños de nuestros propios destinos, pero no sabíamos cómo iba a ser aquello y había muchos riesgos e incertidumbres.
   En nuestra primera noche en Madrid los oficiales fuimos invitados a visitar la capilla ardiente del Caudillo instalada en el Palacio de Oriente. Era algo que difícilmente hubiéramos podido hacer, ya que para acceder a la capilla había que hacer larguísimas colas que se extendían por las calles que llevan a Palacio. Por la puerta de la Armería subimos al Salón de Columnas, donde estaba expuesto el cadáver de Franco, y en donde nos incluyeron en la fila que hasta allí llegaba para rendir el último homenaje a quien desde 1939 regía los destinos de los españoles. El tiempo hace olvidar las cosas, pero las manifestaciones de duelo y la presencia de gente sencilla en la capilla ardiente y en el funeral evidenciaban que Franco contaba con un gran apoyo entre la población, aunque su régimen era impresentable para las sociedades democráticas occidentales.
   El día del entierro hacía un frío horrible. Formados delante de Palacio de Oriente, pelados de frío, veíamos caer a nuestro alrededor a componentes de la Guardia de Franco, que formaba a nuestro flanco derecho, así como de otras compañías; sorprendentemente nuestros marineros se portaron bien, a pesar de tener la “bayeta” como todo abrigo, mientras veíamos como el sol iba levantando e iluminando cada vez más abajo las paredes del Palacio Real, esperando que llegara pronto a calentar algo a nuestra Compañía. En medio de la función, en la solitaria acera del Palacio justo enfrente de nosotros, había un barrendero de Madrid, quien agarrado con sus dos manos a la escoba y con su carrillo de basura lloraba a lágrima tendida sin poder resistir la emoción del momento. La vida continuaba para los españoles: el muerto al hoyo, y el vivo al bollo.
     El ceremonial previsto contemplaba la marcha a paso lento del cortejo fúnebre escoltado por los cuatro Batallones allí formados desde el Palacio de Oriente hasta el Arco del Triunfo en La Moncloa, pero debido al frío, sobre todo el que pasaban los que esperaban en el Valle de los Caídos, se suspendió el cortejo fúnebre, embarcándose el féretro de Franco en un camión del Ejército, ante el que desfilamos las fuerzas que nos encontrábamos en la Plaza de Oriente. 
     La agonía a la que su camarilla sometió a Franco, prolongando artificialmente su vida fue algo incalificable; todos éramos conscientes de que aquello se acababa y que aquel pobre anciano moribundo debía haber transferido en vida su responsabilidad al Príncipe, pues no cabía en cabeza humana que se recuperara de sus dolencias. Finalmente, a su muerte, y tras la asunción de la jefatura del Estado por el Rey, Adolfo Suárez fue nombrado Presidente del Gobierno, iniciando inmediatamente movimientos en dirección a la democratización de España, cambiando por medios legales el Régimen desde dentro y estableciendo acuerdos con la oposición.  
   En Enero de 1976 conseguí vencer mis recelos a dejar el Tercio de Levante, y finalmente decidí solicitar cambio de destino a la Agrupación de Infantería de Marina de Canarias. No fue fácil y me costó mucho, ya que estaba muy a gusto con la magnífica Sección Blindada y su extraordinaria gente, pero pensé que sería una buena experiencia pasar unos meses en las Islas Canarias y conocer otra unidad del Cuerpo.